miércoles, 21 de octubre de 2009

Coberturas Mercantilistas

En una ocasión escuché a un corresponsal de una cadena internacional decir: “no me interesa esa historia, eso no vende.” Entonces me pregunté, a dónde está la función social de un comunicador que tiene la posibilidad de mostrar su trabajo a nivel internacional. La respuesta es sencilla no existe, la entrega de sus materiales periodísticos es una simple trasferencia comercial que se efectúa sin criterios éticos.



Sus coberturas son tratadas como mercancías. Se anula el sentido humano de los personajes de las historias que eligen. Hacen de ellas un espectáculo mediático, que apela a la emotividad exagerada, lo misterioso y oculto, hechos violentos y aterradores. Sus pautas se han caracterizado por ser sensacionalistas. No es extraño que al sintonizar los programas de esa cadenas conozcamos historias “insólitas” como la del pollo con cinco patas, tres alas y, por si fuera poco, que también canta. Eso como el ejemplo burdo de lo que a menudo nos transmite.



Abraham Moles definió este tipo de trasmisión de información como “opulencia mediática y pobreza comunicativa”. Moles tenía razón ya que los informadores confabulan la obligación de seguir los lineamientos de la empresa con la que trabaja, y la falta de responsabilidad y sentido social en el contenido que difunden, los lleva a crear una idea falsa de la realidad salvadoreña y la legitiman en la medida que son repetitivas y constantes las temáticas que abordan.



Este país no debería ser solo el referente, para los medios internacionales –y para algunos locales también aplica-, como el más violento de Latinoamérica y quedarse con ese dato. Un periodista que respeta su profesión no puede quedarse en una zona de confort con notas mediocres, robadas de otros medios pero bien pagado. Debe exigirse a sí mismo investigar, relacionar hechos, cuestionar a las autoridades y los involucrados. Además, dar un salto de calidad que le permita ser propositivos y no repetitivos como hasta ahora.



Los corresponsales tienen que ser más que una fachada que ostenta su trabajo, además de la transmisión de los programas internacionales, en los canales nacionales donde se les potencia casi como héroes. Su experiencia debería servirles para distinguir entre lo noticioso y de interés social y lo a amarillista y convenenciero. Darle un tratamiento digno y respetuoso a las historias que presentan. Es urgente que replanten las coberturas para no seguir invisibilizando problemáticas sociales estructurales que sí son de interés para el público y, con ello, romper los esquemas predecibles que han practicado duramente tanto tiempo.

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