viernes, 30 de octubre de 2009

MERCADERES DE LA MUERTE

 Escrito por: Verónica Murcia, Oscar González y Alejandro Zavaleta


El teléfono sonó. Al otro lado, una voz masculina anunciaba la muerte de su hijo de 14 años. Impactada, guardó silencio. Justo después del aviso, el hombre empezó a ofrecer sus servicios funerarios. Triste y con un nudo en la garganta, ella solicitó el féretro más barato. El hombre le preguntó que cómo era posible que no quisiera algo mejor para su hijo.

Era agosto de 2004 cuando Coralia Jiménez se levantó para traerle un vaso con agua a su hijo, porque no dejaba de toser. Al regresar, notó que él estaba escupiendo sangre. Era de noche, así que esperó hasta el día siguiente para llevarlo al hospital San Juan de Dios de Santa Ana. Los doctores le dijeron que no tenía nada. Sin embargo, otra doctora amiga suya consiguió que le realizaran unos exámenes. Los resultados revelaron que tenía cáncer en la garganta.


Fue internado en el hospital Rosales, en San Salvador. Su hijo estuvo ahí una semana antes de morir. Una hora antes de que el hospital notificara el fallecimiento, ella recibió la llamada del empleado de la funeraria. Viajó de Santa Ana a San Salvador donde compró el ataúd de 150 dólares –el más barato, por cierto–. No estaba ni forrado. Firmó las letras de cambio y acordó pagar el servicio en tres meses.

El día del entierro, el empleado de la funeraria le preguntó de qué forma pagaría el servicio. Los asistentes escucharon y, un poco molestos, le dijeron que respetara el dolor materno. Él insistió, recorda Jiménez: “¿No le dieron dinero en el velorio de su hijo?’, me dijo”. 


Cinco ventanas iluminan el cuarto. No todas tienen completos los vidrios. Hay una puerta blancuzca de metal con una abertura cerca del cerrojo. Cerca de ella un basurero gris. El cielo falso tiene manchas amarillentas, surgidas por la humedad. Las paredes fueron blancas y ahora se tornan grisáceas por la suciedad. En la pared izquierda, entre dos ventanas, cuelga sostenida por un alambre una estatuilla gris de Jesús, cuya cruz se encuentra adherida a un cuadro de fondo azul y marcos de madera barnizada. El piso de color rojo está mojado. Los pequeños charcos surgieron debido a las gotas de lluvia que penetraron en la estancia a través de las grietas del techo; además, el agua quedó estancada ahí cuando el personal médico lavó las camas. Es la morgue del Hospital Rosales, lugar al que Jiménez tuvo que ir para recoger a su hijo.

Ahora, hay dos camas hechas de metal y con un colchón forrado de cuero negro. Una de ellas está vacía; la otra, colocada junto a la pared izquierda, frente al congelador, tiene un cuerpo envuelto en una sábana blanca. Con un cartón amarillo donde están los datos del fallecido. Juan se lee en la tarjeta. Al descubrir su rostro, en los orificios de su nariz, orejas y boca, tiene algodón. Sus ojos están cerrados. Falleció de insuficiencia renal en la madrugada de ese viernes 10 de octubre de 2008. Ésta es la segunda causa de muerte que reporta este hospital en lo que va del año. Aún conserva un tono amarillento en su piel blanca, que comenzará a palidecer hasta podrirse. Con sus 62 años, Juan casi llega al promedio de vida de un hombre salvadoreño que, según el Ministerio de Salud y Asistencia Social, es de 65 años.


“A veces, uno quisiera poder ayudarle a la gente”, aseguró el empleado de la morgue, que no quiso ser identificado. Él es moreno y de estatura mediana. Su rostro cansado está sin rasurar. Recordó una ocasión una anciana descalza llegó a la morgue. Su hija, que la mantenía, había muerto. Ella pidió que no enterraran el cuerpo en las fosas comunes, porque los cadáveres que no son retirados por la familia en un lapso 24 a 36 horas son enterrados en La Bermeja, al igual que aquellos difuntos que no fueron identificados. Como no tenía dinero, dijo que vendería sus gallinas y demás cosas para comprar el féretro, ya que sin él no se puede sacar el cuerpo de la morgue. Por suerte, la directiva de su comunidad le ayudó con los gastos.
Su relato fue interrumpido por el “Toc, toc, toc” de la puerta. El sonido era fuerte y metálico. Su significado: un nuevo cadáver. Ahora es una mujer –Martina, se llama- envuelta en una manta blanca, la cual tiene una mancha de sangre en el área que cubre la cabeza.

La familia de Martina tardó alrededor de 10 minutos en llegar. No necesitaron identificarla. Adentro del Hospital Rosales y en sus alrededores, transitan muchas personas: familiares, pacientes y empleados del hospital. Además de ellos, y quizás los únicos que esperan la muerte de algún enfermo, son los representantes de las funerarias o muerteros, que buscan “dolientes”, es decir, clientes potenciales, así como fue Coralia Jiménez hace cuatro años y ahora los parientes de Juan y Martina. En lo que va del año, desde el primero de enero hasta el 16 de octubre, de acuerdo a los datos de este hospital, murieron 1,724 personas. Es decir, esa misma cantidad de oportunidades para que los muerteros hicieran negocio solo en el 2008.



Los muerteros

Sus manos morenas están llenas de pintura negra hasta sus codos. Es gordo, pero su estómago parece más hinchado de lo normal. Viste una calzoneta roja. Su cara es redonda, con un bigote y una barba oscuras, pero escasas. Tiene el cabello corto. Su cuello es pequeño y, justo donde termina, hay dos grandes lunares. Habla con elocuencia de su trabajo, mientras mueve las manos para hacer ademanes: “Una vez contrataron un servicio para un muchacho que tenia 8 días de estar en medicina legal y cuando lo llevamos para que lo preparan, varias de las parejas que estaban en el hospedaje que está la par salieron huyendo por el olor que expelía el cuerpo”, relata entre risas picaras Alexis Escobar.Sin embargo, su relato se ve interrumpido por “Pepa”, una perrita de cabello café claro, que ladra a un borracho que pasa frente al local, tambaleándose. “Siempre le ladra a los bolos”, dijo Escobar, quien colocó sus manos sobre el ataúd gris que pintaba.

Él trabaja para la funeraria Josué 1:9, ubicada en la calle Concepción, del centro de San Salvador. Ésta es pequeña, antigua y su piso es de color verde. Hay ataúdes colocados junto a la pared pintada de blanco. Estos son de diferentes colores y tamaños. Violetas, blancos, cafés, rosados, de dos metros y de cincuenta centímetros; los pequeños son para los recién nacidos y solo pueden ser rosados o blancos – porque significa pureza-, quizá con un listón amarillo. La caja más barata de todas para un adulto está a la derecha, sobre el estante superior. Aunque ya empieza a caérsele la pintura, es de un café pálido. Cuesta 150 dólares.

 “Vivimos del dolor ajeno”, reconoce Escobar sin mostrarse orgulloso de sus palabras. Tiene 8 años de experiencia en el negocio. Él se considera un vendedor más. Es un muertero y realiza “turnos” en el Hospital Rosales. Esto significa que tiene días y horas determinadas para ingresar al nosocomio en busca de clientes. ¿Permiso de las autoridades hospitalarias? “Ahora se está tratando de sacar permiso, pero no hay, aunque saben que ahí estamos”. Sin embargo, el jefe y la subjefe de estadísticas del Rosales, Jorge Guzmán e Ingrid Renderos, respectivamente, aseguran que las personas de funerarias se mantienen afuera del hospital. “Son igual que los taxistas que esperan a un cliente”, agrega Guzmán.

Santos Valladares, dueño de la funeraria La Viroleña, aseguró que la información que obtienen es a través del personal que trabaja en el hospital. “Cuando yo hacía turnos en el Médico Quirúrgico la misma cherada que tiene adentro le avisa que una persona ha muerto y le da los datos”. En otras ocasiones, recorren los pasillos en busca de personas que lloran, pasan hora a la espera de escuchar en los altoparlantes, ubicados por doquier, a una voz femenina que dice: “Código uno, código uno…”. Esta es una señal que alerta que una persona puede fallecer.


La calle de las funerarias

Ruido y suciedad definen a la calle Concepción, ubicada en el centro de San Salvador, y en donde se vislumbra como principal negocio a las funerarias. Las fachadas de éstas son distintas. Desde una pintada con los colores de una empresa de celulares, hasta aquellas con estilo antiguo y semidestruidas. Sus nombres hacen referencia a santos, vírgenes o, incluso, a citas bíblicas como, por ejemplo, la denominada Josué 1:9: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente: no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios será contigo en donde quiera que fueres”, dice ese versículo. Otros nombres son: La Dolorosa, La Salvadoreña, Getsemaní, San Carlos, Granados, Popular, etc.



La diversidad es la característica de este negocio. Por un lado, están aquellas que cuentan con amplias salas para velar a las víctimas donde los servicios ofrecidos van desde el indispensable café con pan dulce, hasta carrosas lujosas para dar el último adiós. Por otro lado, las más notables aquí, son aquellas donde lo único que ofrecen es el ataúd y un “pickup” modificado para poder trasladar al difunto al cementerio que sus familiares lograron pagar.


“La Salvadoreña”, otra de las funerarias más reconocidas por los de la morgue, parece estar inhabitada. Los ataúdes están ahí y las puertas están abiertas, pero hay una cadena que sostiene las rejas que impiden el paso. El dueño, uno de los “muerteros” más reconocidos en los alrededores le toca cubrir su horario de estadía en los portones del Hospital Rosales y monitorear (por medio de la caseta de información) la salida de sus posibles clientes que, en este caso, son los familiares de la víctimas.

Por lo general los dolientes prefieren que la vela se realice en sus casas y así ahorran un poco. Así la funeraria solo les alquila las cortinas, cristos, candelabros y lámparas, entre otras cosas. Otro factor que incrementa los costos, es el traslado fuera del área metropolitana. “Dependiendo del lugar a donde hay que llevar el féretro y los demás utensilios así se puede llegar a cobrar hasta 100 dólares adicionales”, explica con determinación Dolores Tobías, responsable en turno de la Funeraria Salvadoreña. Ella asegura que en los 10 años que tiene de existir este negocio ha visto como ha decaído por la competencia de sus vecinos y por la contratación con anticipación de los servicios mortuorios.

En el local se observan cinco féretros, entre ellos resalta uno de cedro pintado de blanco con decoraciones amarillas. Ese pertenece al servicio ejecutivo y según Tobías tiene meses de estar allí porque esos casi no se venden: “La gente anda buscando lo menos costoso porque la situación está dura y en ocasiones nos han pagado con moneditas que fueron a pedir al centro o de la caridad de la gente que las rodea”.

Para Escobar la astucia de un vendedor consiste en no dejar ir a un cliente: “si le aviso a alguien que su familiar murió y me dice que ya tiene un contrato, entonces yo solo le entrego mi tarjeta de presentación y me voy, soy un mal vendedor; lo que hago es explicarle que conmigo puede tener mejores precios y con todos los servicios que necesita”.

 
Valladares sostiene que en el negocio los precios de un servicio quedan definidos por las posibilidades que tenga la familia, los días para los cuales hay que preparar el cuerpo, el tipo de caja, pero sobre todo si el negocio fue ganado en competencia con otra funeraria. “Si el otro la tira en 300 dólares, yo digo 200 y así se va uno hasta que cierra el negocio. Es como un capricho para que el otro no se quede con el cliente, es así como he tirado cajas hasta en 100 dólares.”

De esta manera los muerteros ponen precio al ultimo lugar en el que los restos humanos descansan. Así como de impredecible es la muerte, asi puede resultar que la llamada que avise del hecho sea de un empleado de una funeraria. Quizá sera la siguiente llamada


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